Hace diecisiete mil años, las llanuras del norte de Europa estaban completamente desiertas; toda la vida animal y humana estaba concentrada en Ucrania, el sur de Francia, Italia y la península Ibérica. Velda, la cuarta de las siete hijas, vivió en el norte de España, en las montañas de Cantabria, a pocos kilómetros de distancia del actual puerto de Santander. (…). En la actualidad, aproximadamente el cinco por ciento de los nativos europeos pertenece al clan de Velda; son más abundantes en Europa occidental que en el este. Muchos de los descendientes de Velda han llegado muy lejos del hogar de su antepasada en las montañas de Cantabria. Un pequeño grupo llegó tan al norte como se puede llegar, hasta la punta misma de Escandinavia, donde forman parte de los actuales saami de Finlandia y el norte de Noruega.
Velda. Las siete hijas de Eva
Bryan Sykes
A pesar de la pequeña extensión de nuestro territorio, en Cantabria contamos con un patrimonio excepcionalmente grande. Patrimonio que se sustenta no sólo en la impresionante y larga historia, que aunque poco conocida por la gran mayoría, es o debería ser para todos digna de admiración, la cual queda reflejada en las maravillas que nuestros antepasados fueron construyendo y que nos trasportan desde las profundidades de los tiempos con las mundialmente conocidas pinturas de Altamira (1)(2), pasando por los numerosos castros prerromanos ubicados en las cimas de nuestras montañas que poco a poco van viendo la luz (3), las cuevas artificiales, iglesias y necrópolis rupestres de Valderredible (4), el románico extendido por toda nuestra región (5), hasta llegar a tiempos más recientes con obras de ingeniería como los escalofriantes saltos del Nansa, sino que además, dentro de nuestras actuales fronteras contamos con portentosas obras de la naturaleza que van desde la costa, donde estarían incluidas la mayoría de nuestras playas, extendiéndose hasta el sur de nuestra comunidad, con la presencia del espectacular monte Higedo o los cañones del Ebro, pasando por las innumerables grutas y cuevas salpicadas por casi todo nuestro viejo solar con la del Soplao a la cabeza, nacimientos espectaculares de ríos como el del Asón o más modestos, pero de enorme trascendencia como el del Ebro (6).
Aunque hoy en día la Cantabria agraria está de capa caída, siempre ha tenido un papel fundamental no sólo en el empuje económico de la región (7)(8), sino en la definición de muchas de nuestras características como pueblo. Así lo pone de manifiesto Barrón García: “La Montaña era a fines del siglo XIX y comienzos del XX una región predominantemente rural, donde la mayoría de su población continuaba atada a los condicionamientos de tradición y atraso típicos de nuestro país hasta bien entrado el siglo presente. Su relieve abrupto y clima peculiar, templado y húmedo en la zona costera, frío en la montaña, han sido a lo largo de la historia factores determinantes de la forma de vida de sus paisanos. En la copiosidad de sus pastos radica el fomento de la ganadería, tradicional fuente de subsistencia” (8).
Fruto de ese protagonismo (o tal vez su causa), son la gran cantidad de razas y variedades tanto animales como vegetales que han ido surgiendo a la sombra de esta dedicación de nuestros antepasados a las tareas del campo y que hoy nos permiten no sólo presumir de ellas sino que además nos sirven como contribución al mundo como una parte más de ese patrimonio común. ¿Quién no conoce las patatas de Valderredible, los pimientos de Isla o nuestros riquísimos caricos?. Seguramente más desconocido será nuestro pasado como principales productores de chacolí del reino castellano, “ Desde muy lejanos días cultiváronse las vides en nuestra Montaña, y con referencia a la jurisdicción de Santander encontramos en el Fuero otorgado por don Alfonso VIII, el 10 de julio de 1187, la disposición XXV, preceptiva de que si los hombre de la villa ”roturaren tierras y las labraran en término de tres leguas y plantaren viñas e hicieren huertas y prados y molinos y palomares, háyanlo todo por su heredad y hagan de ello lo que quisieren, y sírvanse con ello donde estuvieren y paguen censo por sus casas””(9). ¿Quién no ha oído hablar de las vacas tudancas, pasiegas o monchinas, o del perro Villano, surgido a la vera de estas últimas? (10)(11)(12) ¿y las ovejas lachas, el burro pasiego, el sabueso cántabro…? (13). ¿Y quién no ha oído hablar de la gallina Pedresa?.
La gallina Pedresa es una de esas cosas que podemos definir como nuestra, ya que aunque su área de distribución se extiende, o se extendía, más allá de nuestros fronteras, podemos asegurar sin miedo a equivocarnos, que su epicentro geográfico está situado en nuestro territorio, pues desde sus primeras apariciones en papel, su nombre ha estado ligado a nuestro territorio, prueba inequívoca de su significativa presencia en nuestro campo. Así lo afirma Salvador Castelló cuando escribe: “En España y especialmente en la provincia de Santander hay una clase de gallinas de raza poco bien definida y de color agrisado, barrado o franciscano, pero muy confuso. Si a gallinas de éstas, en la Montaña conocidas bajo el nombre de Pedresas…” (14).
Las “cucas”, como también se las conoce, responden morfológicamente a la tipología de gallina mediterránea que en sus diversas razas, se extendían por la península de manera casi exclusiva, hasta que a principios del siglo pasado fueron apareciendo otro tipo de gallinas, procedentes del norte de Europa y de los Estados Unidos, de mayor corpulencia. Su característica capa barrada poco definida la dotan de una belleza salvaje, la cual acompaña a la perfección a su carácter montisco poco apto para la permanencia en estabulaciones, lo que forma un conjunto espectacular. Todas sus virtudes afloran cuando el régimen de explotación se acerca a la antigua usanza, donde los animales permanecen horas al aire libre, desde el esplendor de su plumaje a una salud férrea, y sobre todo la impresionante capacidad de trabajo. Horas se pasan pateando los prados, ora buscando insectos ora paciendo, sin que las inclemencias del tiempo hagan mella en ellas, ni siquiera la pertinaz morrina tan habitual por estos andurriales.
Si bien su presencia era muy significativa
por nuestro campo hasta mediados del s. XX, la Pedresa sufrió un
drástico declive desde esos momentos, lo que la colocó al
borde de la extinción, debido a causas que intentaremos aclarar más
adelante. Tal fue su situación, que aunque afortunadamente hoy día
podemos decir que su futuro está asegurado, existe alguna confusión
sobre cual era su verdadera identidad, debido a que nuestras últimas
generaciones apenas la conocimos en su ambiente. Las páginas que
van a continuación intentan ser un punto de partida para aclarar
como era y por lo tanto, como debe ser nuestra gallina. Se intenta aportar
la mayor información posible para que aquellos interesados en criar
este precioso animal sepan a que atenerse a la hora de hacerlo y para que
aquellos que, aún criándola, andan un poco confusos con lo
que tienen en sus gallineros