…Se abre el día con ruido bíblico de ganados, de tierras tundidas, de aguas. Rumores de ruedas, de pedresas, de cachavas que suenan en los cantos, de niños que cantan números en la escuela…

Salida al alba. Monteazor
Manuel Llano

Según sabemos, no sólo por la memoria de nuestra gente, sino por las apariciones de la Pedresa, en textos de diversa índole y época, en Cantabria tenemos una gallina de pequeño tamaño, muy activa y de capa barrada, para algunos poco definida y por lo tanto imperfecta, pero que en nuestra humilde opinión resulta espectacular. Gallina que, aunque hoy en día es un poco desconocida entre las nuevas generaciones, debido a su escaso número, muestra un arraigo tremendo en nuestra sociedad, lo cual se demuestra por ejemplo, cuando a un niño un poco revoltoso y peleón se le apoda “Pedrés” en su barrio, o que una abuela se dirija a su nieta con el cariñoso apelativo de “Pedresa”, por el hecho de llevar el color del pelo de forma que la recuerda la capa de la gallina, además de por su carácter alegre e inquieto.

Las aves de corral, aunque muy útiles dentro de la economía doméstica, nunca han tenido la consideración de verdadero ganado. Es obvio que no se puede comparar el valor que tiene una vaca con una gallina, incluso con un gallinero entero, lo único importante, que al entrar al gallinero hubiese un huevo que coger. Por ello, las referencias que hay sobre gallinas en general y la Pedresa, que es lo que nos ocupa, en particular, a lo largo de la historia de Cantabria, no son muy abundantes.

Uno de los primeros hombres que, no sólo sacó a las pedresas del anonimato, sino que las dejó inmortalizadas para la posteridad, fue el escritor cántabro Manuel Llano, cuya obra data de la década de los años 20-30 del siglo pasado. A medida que te sumerges en sus relatos, detalladas postales de nuestro pasado, va tomando consistencia en tu cabeza o mejor dicho, va confirmándose la idea que ha llegado hasta nuestros días, que las pedresas fueron un elemento con personalidad propia y relevante en nuestro medio rural. En casi todas las apariciones, el escritor de Sopeña, se limita a mostrárnosla formando parte de un paisaje típico, como se puede comprobar en los siguientes pasajes:

“- Dígale usté, señor maestru, que por mí no se apure; que yo estoy muy contenta con las mis gallinas y con las mis ovejas; que en el mes de abril compré veinte celemines de harina blanca de trigu, unas varas de lienzu azul para hacerme una chaqueta y unas sayas; un alfiliteru para las agujas y unos anteojos para poder coser, porque ya la vista se me cansa…Dígale que voy a comprar unas escudillas nuevas, un par de cobertores, dos gallinas pedresas de la mejor casta…” (Retablo infantil. Tía Esperanza (15))

Mis tirantes verdes parecían dos espadañas de la orilla del río. Los muchachos empezaban a elogiar mis tirantes diciendo que eran muy majos, que parecían de yerba fina y larga entrelazada. Y elogiaban también las mis gallinas pedresas, el borde azul de mis escarpines de sayal, los patos que se zambullían en el estanque de la huerta, las ventanas amarillas del palomar. Yo me iba llenando de vanidad y me acercaba poco a poco a la verja. En la esquina negra de la fragua, un viejo tomaba la sombra del fresno. Los muchachos me sonreían pacíficos y humildes como yo veía que sonreían los hombres de las blusas, de los zurrones, de los arados, de las boinas, a los hombres de las levitas, de los sombreros, de las sortijas. Mis tirantes parecían de yerbas entrelazadas, mis gallinas pedresas eran de las mejores del lugar, mis manzanos los más fértiles, mis ciruelas las más dulces y las más grandes, mis palomas las más voladoras. Yo oía estos elogios de los muchachos y me ponía muy contento, como una moza cuando le dan parabienes por el su delantal nuevo, por la su sortija, por los adornos del su acerico…” (Retablo infantil. Vanidad (15))

La mujer de este hombre iletrado, que escucha indiferente al labriego, viste lo mismo que hubiera vestido Teresa Cascajo en los salones y patizuelos de Barataria. Interviene en la escena con remilgo estúpido y también se encoge de hombros. Después va a echar de comer a las gallinas pedresas que escarban en el corral…” (Campesinos en la ciudad. Por una calle rural (15))

Coetáneo de Manuel Llano, es el también novelista cántabro Francisco Cubría Sainz. En su novela “El pleito de la perra gorda” de 1934, tiene nuestra protagonista una breve pero muy significativa aparición que veremos un poco más adelante, además de aparecer de pasada en alguna otra.

Posteriormente a las incursiones en las novelas costumbristas de Llano y Cubría, la Pedresa aparece en obras más especializadas en el tema que nos ocupa, la avicultura. En los libros de Salvador Castelló y Ramón J. Crespo, pioneros en la implantación y desarrollo de la avicultura moderna en España (41), que datan de la primera mitad del s. XX, se apunta algún detalle más sobre la naturaleza de nuestra protagonista, siempre sin salirse del tipo mediterráneo, que es el grupo de referencia para las gallinas de nuestro país. Dichas apariciones las comentaremos en el próximo capítulo.

No fue hasta la década de los 60, cuando alguien se decidió a prestarlas un poco más de atención. En 1961 apareció publicado un trabajo del veterinario cántabro Dr. Benito Madariaga de la Campa, a través del Departamento de Zootecnia del Consejo Superior de Investigaciones Científicas titulado “Estudios Avícolas. La Raza Pedresa”. En dicho trabajo se describe una gallina de constitución ligera y campera, de las que trabajan el campo, en la línea que apuntaron todos los autores anteriores y como no nos cansaremos de decir, está presente en el recuerdo de todos aquellos que la conocieron desde hace cuatro o cinco lustros para atrás.

De tamaño pequeño y carácter inquieto y vivaracho, la Pedresa es una gallina genuinamente campera, con una adaptación total a las condiciones ambientales de los pueblos de la cornisa cantábrica, donde al clima húmedo del norte, hay que sumar los rigores de la economía rural de subsistencia entre los que las gentes de estos lugares se han tenido que desenvolver hasta tiempos recientes (6), lo cual impedía ofrecer a nuestra protagonista excesiva atención. Todo ello dio como resultado una gallina con una capacidad de trabajo excelente o como la definiera el Dr. Madariaga en su trabajo de 1961: “La gallina Pedresa ... está dotada de las cualidades y de la vivacidad propia de las aves camperas. Es una gallina “buscavidas”, explotada deficientemente en lo que se refiere a alojamiento y habitación”, “... unos cuantos puñados de maíz y trigo, junto con lo que ella busca en el campo, le sirven tan sólo de sustento.(16) La gran rusticidad de su personalidad, permitió a nuestra pequeña gallina vivir en el duro ambiente de nuestros pueblos sin mayores problemas ya que, además de su perfecta adaptación al medio, era ella misma quién se buscaba la mayor parte del rancho. El rendimiento que producían era pequeño, pero compensado con un gasto prácticamente nulo.

Las políticas agrarias gubernamentales llevadas a cabo durante la primera mitad del s. XX para la mejora de la producción agraria, tuvo como herramienta principal de acción en el campo de la ganadería, la importación en masa de animales de razas foráneas, más seleccionadas y en teoría más productivas que las propias (17). Como ejemplo sirva el caso de la vaca pasiega: “El hecho más significativo de este período es el rápido proceso de trasformación de la cabaña ganadera bovina, produciéndose, por una parte, la sustitución de la vaca pasiega por la de origen holandés (frisona o “pinta”) de mayor producción lechera y, por otra, la progresiva absorción por la vaca tudanca de otras variedades autóctonas (campurriana y lebaniega)(7). El mundo avícola no estuvo al margen de este hecho, lo que unido a un pequeño incremento del poder adquisitivo de los agricultores, que permitió acceder a un sustento de mayor calidad, pero con la necesaria compensación en rendimiento por parte del animal, colocó a la Pedresa en una situación delicada, ya que en un breve período de tiempo perdieron importancia los factores imperantes que la seleccionaron. Ya no era necesaria una gallina buscavidas, de las que pacen, sino una más adaptada a un tipo de explotación en estabulación, para el que no estaba ni está preparada y para el que existían y existen razas más idóneas. Por todo ello, la Pedresa desapareció rápidamente de casi todo nuestro campo o en el mejor de los casos fue diluyéndose en cruces con estas gallinas extranjeras en su mayoría de corte semipesado, especialmente con la Plymouth Rock Barrada, como recomendaban los técnicos, difuminándose las características propias de su personalidad, entre las que se pueden destacar la pérdida de su pequeño volumen corporal así como su carácter inquieto, hasta cierto punto esquivo y ciertamente agresivo en los gallos.

A comienzos de los años 90, el Grupo de Actividades Medioambientales El Urogallo con sede en Torrelavega, intentó llevar a cabo la primera acción organizada para evitar la desaparición de la gallina Pedresa. Prueba de ello es el titular de prensa aparecido en el periódico Norte con fecha de 30 de agosto de 1993, “Ecologistas evitan la definitiva extinción de la gallina cántabra(18). Recuperaron ejemplares que encajaban a la perfección con la gallina que describiera Madariaga en su estudio del año 61. Sus esfuerzos se centraron a si mismo en una importante tarea de divulgación, haciendo hincapié en intentar que la gente distinguiera entre la nuestra, la de verdad y el resto de gallinas barradas de mayor o menor pureza que en esos años eran ya mayoría en nuestros corrales y que se agrupaban erróneamente bajo la denominación de pedresa.

A finales de los 90, la Asociación Cultural Tudanca desarrolló una importante labor de búsqueda y posteriormente de cría, con el fin de conservar nuestra gallina (19). Su campo de acción estuvo centrando principalmente en la zona de Liébana. A la sombra de este trabajo, se publicó en la revista Arte avícola, nº 35 (2000) (20), un patrón nuevo de la Pedresa, utilizando como modelos para la realización del mismo una parte de los ejemplares localizados y criados por esta asociación, así como gallinas procedentes de algún gallinero privado. El mencionado trabajo lleva la firma del fallecido Fernando Orozco Piñán, una de las personas con más nombre en la avicultura de nuestro país en los últimos años. En este texto se define a la Pedresa, contrariamente a lo que venía siendo hasta ahora, como una gallina de corte semipesado (tipo atlántico).

Al mismo tiempo que esto ocurría, sin conexión alguna, de manera anónima y carentes de apoyo institucional, otra gente realizó la misma labor de búsqueda y conservación en otras zonas de la región, como es el caso de Toni y Alfredo, naturales de Saro. Movidos únicamente por el hecho de recuperar aquello que tuvieron de niños y recordaban, y después desapareció, peinaron las zonas pasiegas, negociando con el carácter introvertido de sus gentes. Con el cansado pero efectivo método del puerta a puerta, recorrieron las cabañas pasiegas durante años sin conseguir, en la mayoría de los casos, ningún resultado. Pero en alguna ocasión el billete resultaba premiado, obteniendo con ello fruto a su tremendo esfuerzo. Premio en forma de unos pocos huevos, que posteriormente eran incubados y después criados con mimo en su casa, como si de auténticas joyas se trataran. Una labor que nunca podremos agradecerles bastante y por la que creemos, merecen aparecer en estas líneas. Su auténtica recompensa, el haber conseguido mantener una parte de Nuestro (el de todos) patrimonio y del que, hoy en día, algunos podemos disfrutar. Las gallinas encontradas por ellos concuerdan con la línea de Llano-Cubría-Castelló-Madariaga, ya que son gallinas pequeñas y tremendamente montiscas.

Estamos seguros que, al igual que ellos, habrá más gente repartida por nuestra región que han podido realizar una labor similar. La cuestión es encontrarlos.

También cabe señalar, que existió en su día un programa de cría por parte de Diputación con base en Gama, pero que a principios de década se paralizó. Desconocemos su duración total y el calado que tuvo sobre la gallina. Eso si, queremos destacar que fue a través de este programa, donde tuvimos conocimiento del patrón escrito por el Dr. Madariaga, cuyas directrices, según sabemos, seguían.

A partir de aquí la historia de la Pedresa está por escribir. Será difícil volver a verla como algo habitual de nuestro paisaje y allí donde queda, a tenor de las intenciones que se ven, nuestra gallina tal y como la conocieron nuestros antepasados, pasará a mejor vida, siendo sustituida por esta pseudo-pedresa que hoy en día nos dicen que es lo que tiene que ser y con la cual, desde nuestra humilde posición de aficionados, no estamos de acuerdo. En cualquier caso, desde este pequeño rincón, continuaremos luchando para que aquello que pinceló Manuel Llano, y dio color Madariaga, no desaparezca del todo.

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